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Tuesday, September 27, 2022

La alucinante historia de Florencia Ruiz, la rockera argentina que triunfa en Japón, Estados Unidos, México y Cuba

Con ocho discos editados y más de veinte años batallando como solista, Florencia Ruíz (45) es una de las rockeras argentinas más importantes a nivel internacional. Conquistó públicos y sellos de países como Japón, Estados Unidos, México, Cuba y otros tantos de Europa, que además la aclaman cada vez que los visita para subirse a algún escenario de turno.

Es que se trata de una cantante distinta: gran personalidad y composiciones brillantes, que dan fe de su talento, el mismo que compartirá con el público local el próximo jueves 15 en Bebop Club de Palermo.

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Es media tarde de un viernes en Almagro. Florencia cuenta que en la noche anterior le sucedió algo alucinante. Resulta que fue a grabar a lo de Lito Vitale para su programa de la TV Pública y que además de cruzarse con León Gieco, a quien admira desde siempre, quedó flasheada con Lito a la hora de tocar: “Realmente es descomunal como toca, es un grande de verdad”, afirma, convencida.

Música de exportación

Esta cantautora nacida en el oeste del conurbano bonaerense está convencida, y lo vuelve a recalcar, que cuando uno pone su corazón en algo, luego también recibe lo mejor, incluso sin proponérselo.

“Cuando compuse Luz de la noche apareció un flaco de Nueva York y me dijo que iba a grabar ese disco mío. Lo acepté y le propuse sumar dinero de un sello japonés y de otro mexicano. La grabación salía como el valor de un auto, fue increíble”.

"Luz de la noche", el exquisito séptimo disco de 2011 de Florencia Ruiz, que contó con el aporte económico de un fan de Nueva York.

“Luz de la noche”, el exquisito séptimo disco de 2011 de Florencia Ruiz, que contó con el aporte económico de un fan de Nueva York.

Asimismo, del otro lado del mundo, en tierras niponas, Florencia ya jugaba en primera dentro del ámbito musical.

Hice música para series japonesas que se difunden en prime time, con rating altísimo, para diez millones de televidentes. Me han pedido que tuviera cuidado con lo expuesto para no herir susceptibilidades, pues era mucha la exposición”, detalla.

A su vez, otra situación deslumbrante le sucedió con el hermano de un amigo suyo que es dueño de un bar en Suiza. “Me editó un vinilo y se agotó en la preventa en menos de una semana, porque los japoneses se enteraron y lo compraron todo. Yo no tenía las dos mil dólares para hacer esa publicación por propia cuenta”, confía.

Además de contar con una banda en Japón con la que suele tocar cuando viaja para allá, Florencia tuvo el privilegio de compartir grandes escenarios con popes del rock mundial.

Toqué en el Fuji Rock Festival, el mismo día que estuvieron Arctic Monkeys y Björk, cosa que acá sería impensado que suceda. Situaciones inigualables. Gracias a lo de Japón, edité en Nueva York y hasta salí en tapas de revistas”, remarca con satisfacción.

Este año, por ejemplo, fue por primera vez a Cuba y la respuesta también fue muy buena. Cinco años atrás, debutó en vivo en Europa.

Acerca de la mujer y sus posibilidades en escenarios masivos en Argentina, ella sostiene una idea: “Cuando era chica no veías a otra chica con un instrumento colgando, a no ser que sea una genia. Por suerte hoy hay hasta grupos integrados por chicas. Se democratizó la música, por suerte. Los malos tratos por ser mujer también me tocaron de cerca, pero me los tomé como algo antiguo. Por eso es importante la ley de cupos femeninos”.

Una chica de Villa Luzuriaga

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Ruíz creció en La Matanza, en el conurbano bonaerense. Por lo tanto se trata de otra talentosa música salida del Oeste, donde hay quienes catalogan que está el verdadero “agite” del rock.

“En realidad crecí en Villa Luzuriaga, que queda entre Morón y La Matanza. La casa de mi abuela quedaba en La Matanza. Y la escuela pública a la que iba, en Morón, era bien de barrio”, recuerda.

Su interés por la música data desde la infancia, aunque la familia tuvo una importante influencia en ella. “Mi abuelo materno tocaba el bandoneón y yo quería estar con él. Además de trabajar, estudiaba. Esa cosa de la gente de antes; era un tipo muy parco. Todos los días tocaba. Y los fines de semana, fija a una milonga”.

Hace un breve silencio, y añade algo más sobre el gran personaje que era su abuelo en vida: “En San Justo, hasta los últimos años que vivió, iba al Centro de Jubilados. ‘Don Numa, tocate un tango’, le pedían. Y él, chocho de la vida, con su bandoneón a cuestas”.

Respecto a su otro abuelo, el paterno, Florencia recalca que el puente entre ellos también fue la música. “Mi abuelo Ruíz vive. Tiene 96 años. Voy a visitarlo a la casa, llevo la guitarra y cantamos juntos. A mi abuelo lo llamo y conectamos enseguida. ¡Está en todas! Es una persona muy lúcida. Seguro que va a leer este reportaje. Lee el diario, está informado de todo, es un capo”, afirma.

El contagio por la música a través de sus abuelos enseguida se tradujo en su vida “desde el jardín”, según hace memoria: “Por ejemplo se me ocurría una melodía y no dejaba de tararearla, de cantarla, me daba alegría. Y cuando cumplí siete, un tío que es maestro me regaló un casete de Charly García. ¡Me hice fanática de él! Iba en bicicleta de aquí para allá y pensaba: ‘Cómo me gustaría hacer una canción como la de Charly”.

Pese a su admiración por Mr. Say No More, no pasó mucho tiempo para arrancar con la composición propia. “A los nueve años empecé a componer seriamente. Grababa en cassettitos. Mi asunto era la intimidad, la privacidad, no le contaba a nadie. Eso me estaba marcando, e incluso pensaba por dentro: ‘¿Cómo voy a hacer cuando termine la escuela?”, rememora con cierta nostalgia.

Convicción por la música

La tapa de "Aullido", el último disco de Florencia Ruiz.

La tapa de “Aullido”, el último disco de Florencia Ruiz.

La cantante recalca que más allá de defender su espacio propio con lo musical, no era una chica introvertida, a tal punto que durante cinco años de la escuela fue elegida como la mejor compañera. Le pedían que tocara la flauta y lo hacía con sus compinches del aula, simpatía mediante.

“La secundaria fue más compleja. No estaba interesada en la moda, ni en el día de hoy me sucede eso. Mis amigas me decían: ‘Tenés que tener esto y aquello’, pero yo estaba en otra, escuchando música y con lo mío”, resalta.

Luego añade que al recordar los años ’90, imposible no pensar en un disco de Fito Páez que la signó: “Estaba en pleno conurbano, me acuerdo patente, y apareció el disco El amor después del amor, que me pareció alucinante”.

Sin embargo, algo la desilusionó dentro de ese panorama.

“De pronto veo en la casa de una compañera una revista Caras, con ‘Los 10 discos que tenés que tener en tu casa para no estar out’, fue ahí cuando pensé en la banalización, algo que no me interesaba”, analiza.

En pleno contexto de descubrimientos, de pronto llegaron los años del conservatorio en Morón, un antes y un después en la vida de la compositora.

“Un día agarré la bici, fui al conservatorio y me anoté sin dudarlo. Estaba en cuarto año de la secundaria y ya en el conservatorio. Por eso cuando terminé el colegio empecé a dar clases en un jardín”, relata.

Detrás agrega, de forma categórica, su propia lectura de su paso por lo académico. “Carreras como la del conservatorio no son como Medicina. Te sentás, tocás bien y aprobás. Incluso hasta los profesores te suelen decir que no te presentes a un examen si no estás listo. A mí el conservatorio me lo dio todo. Incluso mi maestro me solía prestar la guitarra”.

O sea, sin contar con guitarra propia para los años académicos, Florencia atravesó sus estudios musicales. “A ver, para ser clara, tengo una guitarra desde siempre, pero que no es para tocar cuestiones académicas, donde operan sutilezas. La que tengo para dar clases es la misma que tuve siempre, pero no era para llevar al conservatorio”, explica con precisión.

Posteriormente, ella plantea una reflexión de consideración propia: “La vida es reconfortante, siempre te va devolviendo todo. Yo no puedo creer cuando escucho a músicos decir que el conservatorio es como una cárcel. No estoy de acuerdo para nada con eso”.

Por otra parte, Flor hace hincapié en otro aspecto que a ella le vino como anillo al dedo en el proceso de aprendizaje: “La paciencia, estudiar, encerrarme en casa. En psicologías como la mía era perfecto. Darle espacio a mi propio lenguaje, que es la unión de lo que estudiaba y lo que iba viviendo. Mis alegrías y angustias, lo que fuera. Yo me sentía distinta”, señala.

Dar para recibir

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Florencia Ruiz. Foto: Emmanuel Fernández

Su etapa como maestra sin duda dejó una secuela tanto en el terreno musical como en lo personal.

“Dar clases me hizo ser otra persona. Yo fui maestra rural. Era una escuela que albergaba a niños de clase media baja. Venían del interior del país. Venían de donde se escuchaba una chacarera, una zamba. La mayoría de los chicos trabajaban; algunos hasta parecían más grandes que yo. Un Día del Maestro un chico me regaló un monedero y me puse a llorar, no lo pude evitar”, cuenta con emoción.

Sobre aquellos años, atesora numerosas vivencias que las remarca como si hubieran sucedido ayer nomás.

“Había chicos que se iban en carros de botelleros. Muchos años trabajé allí. ¡Me levantaba a las cuatro de la mañana! Soy agradecida de todo lo vivido, sobre todo con los nenes más chiquitos, ellos necesitan el abrazo, el afecto”, acota.

Y tras un breve silencio, se le viene a la memoria un par de anécdotas más acerca de los chicos a quienes dio clases.

“Al terminar un show con el Mono Fontana, se acercó una chica a quien había acompañado a anotarse al conservatorio. Ahora es maestra de música y alquila un departamento en Ramos Mejía. Cuando tenés un maestro que te ayuda, lo alumbra todo. Como dice la canción de Spinetta ‘Descansa aquí entre mis brazos’”.

Otra de las escuelas donde Ruiz trabajó queda en el Bajo Flores: “Desde bebés llevan allí. Van niños hasta a vacunarse. Me vi implicada en situaciones fundacionales de las vidas de los niños. Si esa agua no te moja, algo no está bien en vos”, piensa ella y lo expresa con seriedad.

Justamente la noche anterior, cuando Florencia se encontró con León en lo de Lito Vitale, surgió un recuerdo sorprendente que decide compartir.

“Soy voluntaria de un hogar, antes daba clases allí. Solía quedarme charlando y solía compartir con los chicos Mensajes del alma, de León. Incluso se lo regalé a un niño llamado Angelo, de 11 años, a quien llevaba al cine o a comer una pizza, me hice amiga él”, enuncia.

Toma aire y continúa: “Un día fuimos a la escuela Ecos, donde estaba Juan Carr. Cuando ingresamos, estaban preparando un sketch y allí estaba León. ¡Angelo no lo podía creer! Les saqué una foto a los dos juntos, la imprimí y se la regalé. Fue el gran día de su vida”.

La vida de Angelo fue transcurriendo: lo adoptaron y actualmente tiene cinco hermanos. Pero el relato de Florencia aún no finaliza. “En pandemia me localiza y escribe por Instagram. Me cuenta que ese día grababa su primera canción. Fue muy fuerte porque ese nene me ayudó a focalizar. Él ahora tiene 21, estudió y trabaja en Seguridad de Higiene”.

Esa historia de superación fue la que Florencia le detalló e intentó hacerle recordar a León, quien de inmediato tuvo la siguiente reacción: que ella lo filmara entonando Mensaje del alma y luego se lo enviara a Angelo a través de la red social.

Así mismo sucedió y “al recibir el video, Angelo se largó a llorar de la emoción”, asevera la vocalista, con una sonrisa en su rostro.

Lo cierto es que Florencia siempre se ocupó del ámbito social y considera que también ese costado tiene algo que ver con su familia: “Mi abuela que me crio era maestra. Hasta ha levantado escuelas. La música siempre estuvo en paralelo. Hay tantas actividades luminosas para ofrecer al otro”, considera su pensar con solidez .

-¿Con qué se encontrará el público en tu concierto del jueves 15 en Bebop?

-Estaré con Bruno Marchetti en guitarra y Marcelo Lupiz en teclados, dos grandes músicos. Además, le pedí al Mono Fontana y será un privilegio su presencia y acompañamiento. Tocaremos media hora el disco Aullido, a un año de su edición, y la segunda parte del show estaremos el Mono en el hermoso piano de allí y yo con la guitarra, como tantos años lo hicimos juntos. Será una noche especial.

Amor por un can

Durante toda la charla, pegadito a la cantante está su perro, cuya historia es fascinante. “Lo adopté cuando tenía dos años; ahora tiene cinco. Iba caminando por la calle con mi hijo y una señora tenía dos perritos y su mano enyesada. Me preguntó ‘¿Querés tener un perro?’. Yo siempre tuve gatos, incluso tengo dos, sin embargo le pasé mi número de teléfono y la anotó en una caja. Pensé que no me llamaría, pero lo hizo y lo adoptamos”, narra.

El gran tema por resolver era que su familia siempre estuvo acostumbrada a los gatos. Además, su hijo de diez años contaba con cierto resquemor por los perros. Pese a eso, el desafío fue grandioso tanto para ella como para su niño.

“Nunca había salido a la calle porque antes vivía en un departamento de dos ambientes con otros siete perros. Me orientó una amiga paseadora de perritos. Tuve que vacunarlo, adaptarlo, ocuparme de su alimentación y darle dedicación. Me cambió la vida acompañar su proceso para hacerlo fuerte”, cuenta con felicidad.

A esta altura, tras algunos años de convivencia, su primogénito también se adaptó y encariñó infinitamente con el animal. “Nos fuimos de viaje en mayo y mi hijo se preocupaba porque el perrito iba a crecer y no iba a verlo en su proceso, lo extrañaba. Me gusta que mi hijo haya salido bichero como yo”, confiesa.

MFB

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Reference from clarin www.clarin.com

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