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el país neorrealista que inventaron los Rolling Stones

el país neorrealista que inventaron los Rolling Stones

“Quiero gritar pero apenas puedo hablar”. Esa línea, entonada por Mick Jagger con una euforia decadente, reluce en la primera estrofa del primer tema de Exile on Main St. (Rocks Off) y presupone la puerta de entrada de los Rolling Stones a un mundo hiperreal, que ellos mismos habían comenzado a labrar con su álbum Beggars Banquet (1968) y consolidado en otras obras maestras como Let it Bleed (1969) y Sticky Fingers (1971).

Estamos hablando del cuadrado mágico que define el sonido stone, los evangelios consumados & labrados entre el martirio de Brian Jones, fallecido en 1969, el fin del sueño beatle y la tragedia de Altamont, esa suerte de lado oscuro de Woodstock que la banda supo animar para atestiguar la transición de los idílicos ‘60 a los duros y pragmáticos ‘70.

"Exile On Main Street", el disco de los Rolling Stones cumple 50 años el 12 de mayo.

“Exile On Main Street”, el disco de los Rolling Stones cumple 50 años el 12 de mayo.

Lo que reluce en este histórico álbum doble es una matrix peatonal de bajos instintos, alta intoxicación, caída y redención. Alicia en el país de las alcantarillas, sonorizado por una banda de ingleses que igual que el ruso Vladimir Nabokov, se hicieron maestros en escribir superlativamente en una lengua ajena, en este caso todas las variantes posibles de la música estadounidense: el blues, el rock, el folk, el soul y el gospel.

Mudanza a Francia

Exile on Main St. es también la colisión frontal de un determinado contexto. El exilio era real: ahogados por las altas tasas de impuestos que debían pagar en Inglaterra, decidieron mudarse por un tiempo al sur de Francia.

Allí, en la Costa Azul, Keith Richards alquilaría una mansión de 16 habitaciones, Villa Nellcôte, construida durante la Belle Époque y que supo ser (por once meses) un aguantadero nazi hacia fines de la Segunda Guerra Mundial.

Los Rolling Stones en Francia, huyendo de los altos impuestos.

Los Rolling Stones en Francia, huyendo de los altos impuestos.

En el sótano de aquella casona, en la que Keith Richards vivía con su mujer Anita Pallenberg y su pequeño hijo Marlon, durante el verano del ‘71 se dieron las históricas, erráticas, inflamables, intoxicadas y álgidas sesiones de grabación de un disco histórico.

El calor asfixiante, la claustrofobia imperante en aquellos subsuelos y el merodeo de los dealers de drogas no conspiraron con la productividad manifiesta de la banda, aumentada en varios casos por invitados clave como el pianista Nicky Hopkins y los vientos de Bobby Keys y Jim Price.

Alejados de su país y de las giras, los Stones se mudaron mental, sentimental y musicalmente hablando a una tierra propia, que ellos mismos crearon. Un factor estético importante fue su fascinación con The Americans, el libro del fotógrafo suizo Robert Frank que retrataba en blanco y negro el lado B del sueño americano de los años ‘50, en carteles, señales, ropas y rostros de los desclasados del brillo y el ascenso social.

Una imagen de la grabación "Exile On Main Street", el disco de los Rolling Stones que cumple 50 años.

Una imagen de la grabación “Exile On Main Street”, el disco de los Rolling Stones que cumple 50 años.

Imagen y sonido

The Americans era una colección de retratos que podrían ir a la par de las pinturas de Edward Hopper y sus asombrosos retratos citadinos, embriagados por los colores de los solitarios cuando la noche cierra la persiana a sus espaldas que los Stones tomarían como una influencia.

Prologado por el ícono de la literatura beatnik, Jack Kerouac, el libro retenía imágenes que le hacían escribir “uno termina dudando si un jukebox no puede llegar a ser más triste que un ataúd”.

La atracción que esas fotos tuvieron especialmente en Mick Jagger y Keith Richards contribuyeron no sólo al collage que determina el arte de tapa del disco, sino que sirvieron de lienzo para el contenido musical de la obra.

Sus 18 temas albergan una voluntad casi cinematográfica: como si hilvanaran la hemorragia fotográfica en un carrousel de 24 cuadros por segundo para animar una nación paralela, oscura y profunda.

Acaso como si toda la mitología atada a una de las primeras canciones que interpretaron como banda, Route 66 (un cover de Bobby Troup), tuviera una trayectoria desde Londres a New Orleans, parando en Detroit, Chicago, Memphis y todas las mecas de la música norteamericana que originalmente alimentaron a los Rolling Stones.

Sólo que ahora, cumpliendo la banda su décimo aniversario, eran ellos los que marcaban un nuevo estándar. Su reinterpretación del rock and roll desde entonces y hasta nuestros días, devino en un nuevo evangelio.

Una edición de lujo de "Exile On Main Street", el disco de los Rolling Stones que hoy cumple 50 años.

Una edición de lujo de “Exile On Main Street”, el disco de los Rolling Stones que hoy cumple 50 años.

Las cuatro caras del mito

LADO A

Antes de enumerar lo distintivo de los cinco temas de apertura, habría que mencionar al verdadero sexto Stone: Jimmy Miller. El productor resolvió en 1968, desde su participación en el histórico single Jumpin’ Jack Flash, la carencia de “un productor americano”, algo que Mick Jagger venía reclamando para la banda luego del pastiche psicodélico de Their Satanic Majestic Request (1967). Miller, que venía de trabajar con Traffic, alentó y moldeó la nueva dirección musical con un sentido rítmico de excepción.

Su relación con la banda se extendería hasta el siguiente álbum (Goats Head Soup, 1973) y sus problemas de adicción lo dejarían un tiempo en la sombra. Regresaría para registrar dos álbumes importantes de los metaleros Motorhead (Overkill y Bomber) a fines de los ‘70 y para remedar el sonido stone para las pistas del baile en algunos tracks de Screamadelica (Primal Scream, 1991).

Desde el estallido de Rocks Off a la andrajosa gloria del single Tumbling Dice, pasan por el estruendo frenético de Rip This Joint (aquí podría empezar el punkabilly de The Cramps y The Gun Club), el hipnótico cover del blusero Slim Harpo (Shake Your Hips) y la decadencia ilustrada de Casino Boogie, que líricamente une imágenes de sexo, ruletas de Montecarlo y sus problemas con la ley.

LADO B

Keith Richards y Anita Pallenberg.

Keith Richards y Anita Pallenberg.

El remanso melancólico, de baladas y ternura, se instala como descanso necesario y se extiende en diferentes colores.

Sweet Virginia, la inicial, es una tonada country que parece estar decorada por el espíritu de Gram Parsons, la leyenda estadounidense que acompañaba en onda y vicios a Keith Richards, y que merodeó la mansión francesa, aunque todos aseguran que no llegó a grabar nada en el álbum, Jagger abre los pulmones para cantar sobre algo (una mujer, una amiga, un sitio, un estado de la mente) y realmente convence.

Torn and Frayed es una variación más desenvuelta y pícara del mismo estilo, de tono optimista. Sweet Black Angel aboga por Angela Davis, la activista afroamericana acusada de terrorista. La música que envuelve a la declaración tiene ecos del mento, ese ritmo jamaiquino predecesor del ska y el reggae, pleno de marimbas y dulzor.

El lado se cierra con Loving Cup, con un estelar Nicky Hopkins, en una elegía que se mece entre el gospel y el folk.

LADO C

La cara más heterogénea y desequilibrada del disco se inicia con Happy, el desborde vital de Keith Richards, una fanfarria rockera rubricada por los vientos huracanados de Keys & Price. Enseguida, Turd on the run suena como una versión hardcore de la música country: un torpedo de furia sin lugar para matices: como una mazorca inflamada en napalm.

Ventilator Blues, firmado por el guitarrista Mick Taylor, es otra obra maestra y acaso el tema más testimonial del contexto en el que fue grabado el álbum. Una variación del sonido del blusero Howlin’ Wolf para referirse a la opresión sudorosa del sótano donde lo registraron.

Y, acaso para Taylor, una analogía con la falta de oxígeno que sentía su estilo expansivo de tocar blues y componer dentro de un conjunto donde fuera de la dupla Jagger-Richards no había posibilidad de firmar.

En un tono esotérico y un registro único, el gospel I Just Want to See Your Face los deja más cerca de la macumba que de la plegaria cristiana. O del voodoo criollo de New Orleans, con Jimmy Miller doblando en percusión la batería de Charlie Watts, mientras la voz ahogada de Jagger entona en un falsete misterioso. No por nada, Tom Waits siempre declaró que era su tema favorito de los Stones.

Let it Loose otorga paz al caos. De hecho, se la suele interpretar (y esto no ha sido desmentido) como una capitulación en las tirantes relaciones entre Jagger y Richards en aquel momento.

En toda instancia, siempre se ha considerado que Exile es “un disco de Richards”, y Jagger nunca se mostró muy entusiasmado en reivindicarlo. No quita que algunas de las mejores performances del cantante hayan quedado registradas aquí. Inclusive en esta canción de tono gospel.

LADO D

Los Rolling Stones, en plena època de grabar en Francia.

Los Rolling Stones, en plena època de grabar en Francia.

La vibrante All Down the Line, una suerte de versión ampulosa del estilo de Chuck Berry que los Stones tanto supieron explotar, parece ser un nuevo amanecer en la obra.

Y hablando de influencias, el siguiente tema es un chirriante cover de un original de Robert Johnson, el blusero de la encrucijada y el pacto diabólico. Se trata de Stop Breaking Down y cuenta la particularidad de no tener a Richards (ausente sin aviso) en la primera guitarra.

Shine a Light es otro tema devocional, el más significativo de todos. Empezó a ser moldeado en los estudios sureños de Muscle Shoals en 1969 y fue tomando forma con los años, cuando, valga la redundancia, los Stones comenzaron a creer en él. En el siglo XXI, Martin Scorsese lo utilizaría como tema central y título de su documental sobre la banda.

Soul survivor, el track #18 y final, se despide a guitarrazos y trasunta un triunfalismo sucio y desprolijo, como anticipando que en la década en cuestión la única victoria estará dada en sobrevivir, como todo premio.

Una historia argentina

Exile on Main St. fue puntualmente editado en la Argentina. En la revista Pelo, el entonces cantante de La Pesada del Rock and Roll y pronto a ser productor de Sui Generis, comentaba el disco:

“Rompen con su sonido tradicional y experimentan cambios dentro de su estilo de rock reventado. Te obligan prácticamente, por la técnica de grabación, a escucharlos muy atentamente para no perderte ningún tipo de detalle. Agregan coros de voces femeninas y negras y una línea de caños que hacen muy buen trabajo. Como siempre, no se preocupan demasiado por la afinación y cada vez más la voz de Jagger está más metida en el pla-back de la música”.

Y Billy Bond cerraba con un rotundo: “¡Viva Los Rolling Stones!”.

“La primera edición que tuvo Music Hall fue el doble Exile on Main St. que lo sacaron tal cual, una hermosa edición”, recuerda el periodista Alfredo Rosso, que años más tarde trabajaría en el mismo sello.

El niño Juanse recuerda como una epifanía una tarde de 1972. “Estábamos con mis viejos esperando el 105 para volver del Centro a Villa Devoto cuando escuché una música que salía de Casa América. Y los hice comprarme ESO. Era un epé que traía los temas Tumbling Dice, Sweet Virginia, Rocks Off y Happy“, recuerda hoy el hombre que más hizo por divulgar la cultura stone en nuestro país.

El popular DJ de época, Alejandro Pont Lezica reconoce que “era un disco muy raro casi no pasaba temas de ahi, excepto Happy”.

Y en el libro 100 veces Stones- Historias de Sus Majestades Satánicas en Argentina, el primer guitarrista de Los Piojos (luego en Los Caballeros de la Quema), Pablo Guerra, recuerda lo difícil y raro que era conseguir el disco en los ‘80.

“Eramos Micky (Rodríguez, futuro bajista de Los Piojos), yo y cinco pibes más del barrio que nos habíamos ido en bicicleta hasta San Isidro solo porque nos enteramos que el primo de un pide de Ciudad Jardín tenía Exile on Main St., disco que nunca habíamos visto siquiera.

Sin avisarle nada, le caímos en la casa y le dijimos eso: “Venimos a escuchar Exile on Main St.”. Habíamos atravesado el puente de José León Suárez para llegar. Micky tenía un Walkman impresionante y nos grabamos los discos en cassettes, además del faso que armamos para el viaje. Así que llegamos y le tocamos el timbre. El pibe estaba. Debimos haber estado ahi casi un día porque lo escuchamos once veces y además era doble”.

El hoy convicto Pity Álvarez (Viejas Locas/Intoxicados) le dijo a Clarín en su primera nota (1995) que Exile era su disco favorito de los Stones. “Porque es el más completo”. Unos años más tarde, a su mejor y más variado disco, Especial (1999), pensó originalmente llamarlo Completo. Y en el clip del tema Aunque nadie ya le importe, las imágenes parecen aludir, trasladadas al imaginario porteño/suburbano, a la obra de Robert Frank.

MFB

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Reference from clarin www.clarin.com

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